luis aura  •  poemas o menos

El amor de una mujer

Es tan satisfactorio
querer a una mujer
y que te quiera.

Es la auténtica fe,
ésa que dicen
mueve montañas,
ésa que dicen
nos acerca más a Dios.

Es tan satisfactorio
querer a una mujer.

Limpia tantas cosas
el amor de una mujer.

Es tan saludable
el amor de una mujer.

Te acostumbras tan fácil
al poder que pone en tus manos
el amor de una mujer.

Qué destructivo puede ser
el desamor de una mujer.

Cuántas cosas han de romperse con
el desamor de una mujer.

Cómo logra recuperarse el alma de
el desamor de una mujer.

Qué doloroso debe ser
regresar el equipo de ángel
porque ya no lo mereces y porque ya
no te quiere una mujer.

Por desgracia y orden natural,
nada dura para siempre,
ni siquiera
el amor de una mujer.


Asceta

Es tan sencillo el amor
y no dejamos que funcione

Le ponemos horarios prejuicios
costumbres requisitos
pecados señales advertencias

Es tan fuerte el amor y todo resiste

Le vendamos los ojos
porque lo queremos ciego

Lo dejamos sin comer por días
hasta contar sus huesos

Nos gusta el amor
cuando no ve
y muere de hambre


Luciérnaga

Soy feliz

Dejo que los colores
de tu amor
me asalten
me iluminen

Ahora en la oscuridad
brillo por tu ausencia

Soy una lámpara de noche
Un insecto fosforescente

Es tu luz la que me envuelve
la que me acecha

La soledad escucha
La muerte me persigue

Ninguna de las dos
pueden apagarme


Calvario

No hay madero sin cruz
Ni clavo sin sangre
Ni frente sin espinas

No hay costado sin herida
Ni milagro sin pecado

Cada tarde es un martirio
Cada palabra
Cada paso

Ni la fe
Ni el amor

Sólo salva el sacrificio


Garabato

Al fin abandono las palabras.
No puedo ahora decir más.
Tu cuerpo espera caricias.
Tu piel escucha a mis manos.
En el susurro de cada dedo
está el sonido que apenas toca.
En cada movimiento balbucea
el deseo y mi sangre comienza
a hablar hasta romper el silencio.
Encuentro entonces el lenguaje
que faltaba para entendernos.
Esos símbolos que son tacto
húmedo, ceniza blanca y fría.
Marcas de caligrafía practicadas
en el pliego de tu vientre,
en la soledad de tu nuca,
en la multitud de tu cintura.
Repito en voz alta la escritura
tibia de tu espalda y conozco
en cada roce aquellas historias
que transcurrieron calladamente,
en esa ausencia que jadea
dulcemente por cada sombra
en las horas prohibidas,
amordazadas de placer,
arrebatadas al tiempo.
Beso y pruebo en cada letra
el mismo sabor de antes,
la misma trampa impresa
preparada para otros,
que sin saberlo –como yo–
no te hacían el amor:
únicamente te leían.